Dopo cinque anni a lavare mio marito paralizzato, l’ho sentito ridere e dire che ero “un’infermiera gratuita.” Quel giorno non ho urlato… Quel giorno

de Tomás.

Adentro había depósitos.

Mensuales.

Grandes.

Mientras yo contaba pesos para comprar gas, Esteban le mandaba dinero a su hijo para que se comprara motos, tenis y viajes a Cancún.

Me reí.

Una risa seca.

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No de dolor.

De asco.

Esa noche, cuando le estaba dando de cenar, Esteban me preguntó:

—¿Por qué estás tan callada?

Le limpié la comisura de la boca con una servilleta.

—Estoy cansada.

—Pues descansa cuando yo me duerma.

Lo dijo sin vergüenza.

 

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Come capo.

Come proprietario.